Como un viento que amenazaba tormentas así se inició una movilización que proponía medidas justas, no obstante el paso del tiempo enrareció el clima y en muchos países se desataron las tormentas.
Aquí en nuestro país se tornó en movilizaciones ideológicas que prioriza otros aspectos y han evolucionado desde una búsqueda de igualdad de derechos hacia una imposición los intereses de ciertos colectivos sobre los derechos generales de la sociedad.
Es como que se repitiera la teoría pendular, se soltó el balancín y de un extremo se balanceó hasta el otro opuesto.
La realidad impone que la justicia social sea interpretada como tal y no con imposiciones ideológicas y políticas.
Volviendo sobre el tema tan de moda, inicialmente, las políticas de género surgieron con la intención de corregir desigualdades y promover la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Sin embargo, con el tiempo, han sido copadas por corrientes ideológicas que han transformado su enfoque, moviéndolo de la equidad hacia un sistema de privilegios.
El problema central de esta deriva ideológica es que transforma los derechos universales en derechos particulares de colectivos específicos. Esto lleva a que, en lugar de garantizar que todos los ciudadanos tengan igualdad ante la ley, se promuevan legislaciones y políticas que otorgan ventajas a ciertos grupos, muchas veces en detrimento de otros.
Hay tendencia y hasta resoluciones legislativas con aprobación y puesta en práctica, que determina legislaciones asimétricas, en muchos países se han implementado leyes que penalizan más severamente ciertos delitos dependiendo de la identidad de la víctima, lo que rompe con el principio de igualdad ante la ley.
Se ha llegado a constatar situaciones peligrosas y que promueven dolorosas consecuencias, fruto de esto, la creación de subvenciones y cuotas de poder.
Con ellas fueron creadas estructuras que favorecen el acceso a cargos y beneficios económicos con base en la identidad de género, en lugar del mérito o la capacidad.
El tema resulta espinoso pero la realidad obliga a tratarlo en especial cuando un conjunto de políticas genera desigualdad en nombre de la equidad.
Ninguno de los extremos favorece el desarrollo positivo de la sociedad, y muchas veces esta deriva en acciones negativas, tanto que se corre el riesgo de que se provoque el resentimiento generando un efecto de rechazo, incluso entre quienes antes podían apoyar medidas de equidad.






