Los sucesos de Río de Janeiro abrieron un escenario de opiniones y comentarios que se extendieron de un extremo al otro.
El debate a nivel nacional, al que Colonia ante algunos sucesos violentos acontecidos días atrás se asocia, llega a dividir las aguas con pasiones mal entendidas, esto es los civiles deben armarse, deben prepararse o es necesario dejar todo a las fuerzas del orden.
Por otro lado están los que opinan justamente esto último, que el Estado desarme por completo al pueblo, confiados en que la ley sola bastará para protegernos, sin tener en cuenta que el principal acopio de armas está en manos de la delincuencia.
Es aquí donde se entra en ámbitos de error pues ambos extremos están equivocados.
El Estado a través de la ley está habilitado para el uso de armas cuando la situación lo amerite, es suya toda responsabilidad, la de defender a la sociedad honesta, es decir que espera de esa fuerza la garantía de la paz social que necesita.
No obstante y al amparo de la constitución, ante una delincuencia armada y violenta, el ciudadano tiene derecho a defender su vida, su familia y sus bienes. Puede y debe haber tenencia y porte de armas, pero bajo norma clara, con registro, con controles de idoneidad. Un derecho responsable, no un salvoconducto para el caos.
En todo caso se debe accionar un correcto control, una forma de evitar aquellos hechos que sumieron al país en un caos de violencia entre extremistas y fuerzas del orden.
Lo del título viene a consecuencia de la certeza que el delincuente no va a respetar la ley ni dejar las armas, pero tampoco se debe dejar indefenso al ciudadano común.
De la misma manera sería poco efectivo creer que la sociedad armada va a parar el crecimiento del delito, bueno es pasar una mirada sobre lo que acontece en el mundo para que razonemos con actitud de sociedad ordenada, donde cada uno cumpla el rol que le corresponde sin atarse ni a partidarismos ni opiniones vacías de contenido.
Hay conceptos básicos expresados en frases célebres, que indican formas de actuar frente a cualquier circunstancia, como aquella de: “Que nuestros derechos terminan donde empiezan los de los demás».







