«Amar no es mirarse el uno al otro;
es mirar juntos en la misma dirección.»
Antoine de Saint-Exupéry.
Llega diciembre y casi por instinto, surgen las ganas de ordenar y ocupar tiempo en la limpieza. Es así que se pintan las paredes que el invierno castigó, se barre el patio con más ganas y se ordenan los rincones de la casa.
Sin embargo, poco se habla de la “otra limpieza”, la más necesaria: la de los afectos. Pensando en los adultos mayores, es importante señalar que a esa altura de la vida, ya no se tiene la espalda, ni las ganas, para tolerar gente que solo ve en el otro una «oreja» o que cree que el tiempo ajeno es un recurso gratuito a su disposición.
Hay personas que aparecen en la vida con un ruido estruendoso, pero vacío. Se presentan mostrando el inventario de sus bienes: el auto, el campo, el departamento en la capital o el éxito de sus hijos.
Parecen creer que la amistad es algo que se puede comprar o que, por tener un patrimonio, tienen el derecho de invadir la paz ajena con monólogos que no terminan nunca. Se olvidan de que la verdadera riqueza no es lo que se tiene en el banco, sino la capacidad de mirar al otro a los ojos y realmente escucharlo.
En la edad dorada no se busca un balance contable, se ansia un ser humano que sepa preguntar «¿cómo estás?» y se quede a esperar con curiosa inquietud, la respuesta.
Por otro lado, se encuentran esas relaciones que parecen una calle de contramano. Son los vínculos de «un solo carril», donde uno es el que siempre saluda, el que se preocupa, el que avisa de los trámites y el que sostiene. Del otro lado, solo se recibe un silencio indiferente o, de vez en cuando, la foto de un nieto o un éxito personal que parece decir: «mirame a mí, que mi vida es más importante que la tuya».
Pero la amistad es como un puente: se sostiene de los dos lados. Si uno solo es el que construye y el otro solo mira, ese puente se cae.
Nadie llegó a este mundo para ser «secretarios gratuitos» de nadie, por más títulos, cargos o glorias que el otro ostente.
En la madurez, lo que se busca es algo mucho más simple y, a la vez, más difícil de hallar: gente que camine «a la par». No se trata de tener el mismo diploma o la misma billetera; se trata de tener el mismo respeto y la misma escala de valores.
Lo que se busca es alguien con quien sentarse en la costanera a compartir un silencio cómodo, de esos que no aturden. No se necesita a alguien que intente deslumbrar con sus trofeos pasados, sino a alguien que entienda que el tiempo es valioso así como apacible y sagrado.
Cerrar la puerta y blindar a lo que nos drena no es de «malos vecinos» ni de personas antipáticas o hurañas; es de personas sanas. Hay una dignidad enorme en elegir el silencio propio antes que el ruido ajeno.
“Prefiero quedarme en mi patio disfrutando de mi propia música, que estar en una despedida de fin de año o en una fiesta donde nadie sabe mi nombre.” me decía una paciente en una de sus consultas.
Y agregaba “¿Sabe?…este año que asoma, elijo rodearme de gente que sepa dar como saber recibir. Porque al final del día, el mate más rico es el que se comparte con quien sabe que la vida es, siempre, un camino que se construye en ambos sentidos, es un trayecto de ida y vuelta”.
LA COSTANERA COMO ESPEJO: ¿CON QUIÉN MIRAMOS EL RÍO?
Pero, ¿dónde se encuentran esos compañeros de ruta?
¿Dónde está ese “otro/a”con quien caminar a la par en Colonia?
La clave está en buscar espacios donde el motor no sea la queja, sino el proyecto. Se trata de ese adulto mayor sano, que ya tiene su vida armada, sus paredes pintadas y sus pasiones claras, y que no busca a alguien para “llenar un vacío” sino para compartir lo que ya desborda.
El secreto está en mantener la mirada atenta y encontrarse en el movimiento. Habitar esos espacios donde la inquietud sigue viva: ya sea en la charla profunda de una tertulia al atardecer, en el atesoramiento del patrimonio histórico, en la caminata compartida con gente sensible o en el encuentro entre profesionales y artistas. Son esos rincones de nuestra Colonia donde se percibe que el pensamiento sigue activo y el interés por la cultura no descansa.
Allí es donde surge la chispa verdadera: entre personas que no buscan que les resuelvan la vida, sino que ya traen su propio mundo a cuestas, listos para sumar su paso al del otro en un camino de mutuo respeto. Se trata de buscar a alguien que no espere que el otro le arme un proyecto de vida, sino que ya traiga el suyo propio, para que ambos caminos se crucen y se potencien.
El verdadero encuentro se da cuando dos personas que ya saben quiénes son, deciden que el paisaje de la costanera se ve mucho mejor si se mira de a dos,- matecito mediante,- con el respeto y la libertad de quienes ya no tienen nada que demostrar, pero sí mucho por compartir.






