En enero de 1857 se erigió el Faro de Colonia del Sacramento sobre las ruinas del antiguo Convento de San Francisco Xavier.
Actualmente el faro mide 34 metros de altura, emitiendo dos destellos de color rojo cada nueve segundos y es sin duda alguna, un símbolo de la ciudad. Desde su cúpula se divisa claramente el estuario del Río de la Plata, Buenos Aires y la costa argentina
En sus primeros tiempos la alimentación de las lámparas lumínicas eran a aceite y luego a querosene, gas acetileno, energía eléctrica y actualmente a energía solar.
La fría y oscura noche del 1° de agosto de 1873 el guardafaros, don José Otondo, cumplía con sus tareas de mantenimiento, mientras que las lámparas de aceite ardían iluminando completamente el Faro. En un determinado momento, al estar Otondo manipulando una lámpara con aceite, la misma se cayó y produjo un voraz incendio. Al tratar de salir de la cúpula del faro, el viento no hizo más que avivar el fuego y el cuerpo del maltrecho farero Otondo fue envuelto por las llamas.
Desde el río las pocas naves que surcaban el estuario observaban el dantesco episodio que iluminaba toda la ciudad, al igual que los testigos quienes observaban en llamas a la pobre víctima, quien daba gritos solicitando auxilio, generando la compasión y el estremecimiento de los numerosos vecinos y curiosos que se agolpaban al pie del faro.
Desde una casa contigua lograron arrojar una cuerda hacia el faro y Otondo logró hacerla firme, solo faltaba el valiente que se animara a trepar por la débil cuerda la altura total del faro y lograra auxiliar a la víctima. Un marino italiano llamado Ambrosio Oggiolo fue al rescate del guardafaros, subió hasta el lugar donde se encontraba el malogrado hombre, logró atarlo y lo bajó hasta las ruinas del Convento de San Francisco Xavier, donde lo esperaban otras personas para ayudarlo. La víctima fue conducida a lo del médico Dall Orto quien le brindó los primeros auxilios, pero por más esfuerzo que se hizo por salvarle la vida al farero Otondo, falleció al amanecer del día 2.
La actitud del marino italiano fue reconocida por la sociedad coloniense y se le otorgó en un sentido acto de homenaje dos medallas de oro por su valentía.






