Emprender el viaje hacia los Andes es muy emocionante pero no hay que tomarlo como un desafío. Si bien el término “enfrentarse a la montaña” no existe en la escala humana, las personas que nos internamos en el corazón de los Andes sabemos que no hay forma de competir con ella y que además ésta, se encargará en todo momento de recordarnos quienes somos los ajenos. Por ello siempre que subimos a la montaña lo hacemos con humildad y con gran respeto. La montaña no nos debe nada y somos nosotros quienes nos exponemos a esa naturaleza extrema a cada instante.
Es importante resaltar en esta historia la opinión de los sobrevivientes sobre su sentir sobre lo que les genera la montaña y en particular el Valle de las Lágrimas. Como muy bien lo recogió el escritor Pablo Vierci en su libro “La Sociedad de la Nieve”, allí varios de los sobrevivientes exponen claramente su sentir al respecto. Sin entrar a dar nombres, igualmente por algunas de las expresiones es fácil reconocer a sus autores, ya que reflejan parte de lo que dejaron en la montaña. Veamos, pues algunas de ellas:
“Una historia que el que la escucha se le llena el alma”
“Experiencia temeraria. Panorama grandioso y aterrador, paisaje del fin del mundo”
“Nunca quise regresar a la montaña, si vuelvo será a través de mis cenizas cuando muera, que tal vez deban reposar en los Andes”
“Puedo volver a la montaña cuando quiera, mientras tenga fuerzas, para sentir ese sueño lúcido tan apremiante de ir más allá de mis límites”
“La única vez que subí a la montaña en 1995, cuando bajé de la cordillera, el dolor lo dejé arriba en la nieve para que se congele”
“Jamás volví, ni voy a volver a la cordillera”
Uno de los referentes de la historia de los Andes fue Fernando Parrado, quien opina al respecto: “¿Por qué regresé y regreso tantas veces? Porque ahí están mi madre y mi hermana, y allí está el signo que llevo grabado en mi frente”.
Fue de los primeros sobrevivientes en volver al Valle de las Lágrimas y ha dejado un registro fotográfico muy intenso en la calidad de sus tomas, una de ellas cuando se vio por última vez los restos del avión Fairchild 571.
Hay otra historia que comenzó cuando el último sobreviviente subió a los helicópteros de rescate de la Fuerza Aérea de Chile. La noche del 23 de diciembre de 1972 fue la primera en que luego de más de dos meses no se escuchó rezar en el Valle de las Lágrimas. Aún quedaban los restos de aquellos que habían fallecido en la montaña, pero a partir de esa noche ya no había presencia humana en el lugar.
El sitio es conocido como Valle de las Lágrimas desde la década de 1950 por las emanaciones sulfurosas que afectaban a aquellos arrieros que durante la veraneada subían a la zona del valle con sus animales para que pastaran. Si bien la altura donde se encuentra el Memorial (3570 msnm) no existe vegetación, más abajo, sobre el cauce del Río Lágrimas se forman “vegas”, que son áreas con mucha concentración de humedad y donde crece vegetación durante la época estival. Hoy día, durante las expediciones de verano se puede observar algún ganado pastando en las cercanías de estas vegas y sobre el Campamento Base El Barroso.
También se puede observar a algunas lagartijas, liebres de la Patagonia, cóndores y diferentes tipos pájaros. Sobre el Valle del Atuel existen los puestos de los arrieros quienes se dedican a la cría de chivos, cabras, vacas y caballos. En épocas no tan lejanas se veían guanacos en la zona y si bien no hemos visto personalmente, también existen pumas.
La vegetación varía con la altura, pero en el valle se observan flores de colores, algunas tunas y muchas matas espinosas. Luego de los 3200 metros ya no hay más nada que rocas, tierra, nieve o hielo.
Los ríos corren furiosos particularmente en el verano debido al deshielo, máxime si durante el invierno se produjeron nevadas intensas. Aún se observan glaciares y, de hecho, el Valle de las Lágrimas es uno de los tantos en la zona. Los volcanes cercanos hacia el oeste como El Sosneado se encuentran inactivos, pero los que se proyectan en la cordillera central al ser geológicamente más recientes, tienen una intensa actividad.
El lugar del accidente se encuentra en la República Argentina, Provincia de Mendoza, muy cercano a la línea divisoria con la República de Chile.
En enero de 1973 el Cuerpo de Socorro Andino (CSA) llegó al sitio y se dispuso a realizar la limpieza y esterilización del lugar. Para ello, como primera medida fue el de recoger todos los restos humanos diseminados en la zona. Muchos de ellos estaban identificados por los propios sobrevivientes quienes habían tratado de dejar en claro a quienes pertenecían parte de estos restos. Debido a las características del terreno se realizó una especie de tumba cavada en la roca donde se acomodaron los restos y se colocaron piedras encima a manera de pirca. Coronando la tumba se colocó una cruz pintada de color naranja la cual fue hecha por un vecino anónimo de San Fernando (Chile) en enero de 1973 y tenía la inscripción “El mundo a sus hermanos uruguayos” y del otro lado, “Cerca, Oh Dios de ti”.
Dentro del equipo que permaneció en la montaña desde el 18 al 21 de enero de 1973 se encontraba el Padre Iván Caviedes, quien se encargó de oficiar una misa por las almas de aquellos que habían dejado la vida en la montaña.
El fuselaje por disposiciones técnicas fue incendiado, en parte por medidas sanitarias y además para que en caso de futuros accidentes en la montaña no se confundiera con otros restos de aeronaves.
El fuselaje se encontraba sobre el glaciar del Valle de las Lágrimas, un sitio que, por el propio movimiento producido por las constantes nevadas, aludes y los deshielos estivales de a poco se fue hundiendo.
Hoy día no se observan restos visibles del fuselaje, si el tren de aterrizaje, una de las hélices, un generador de corriente alterna y restos pequeños del fuselaje que fueron apareciendo en la zona y también a lo largo del cauce del Río Lágrimas, que es el lugar por donde vierte las aguas el glaciar. En la década de 1980 una expedición liderada por Fernando Parrado tomo fotografías del fuselaje en el fondo del Valle, siendo la última vez que se observó en esas condiciones. Han aparecido restos del avión a unos 30 km. del lugar del accidente. Estos restos son encontrados en muchas de las expediciones y los mismos son devueltos a su lugar, que es el Valle de las Lágrimas, sitio al cual pertenece.
Luego de haber realizado la tarea de enterrar a los muertos y la realización del Memorial, el personal del Cuerpo de Socorro Andino regresó a sus tareas en Chile. Ese mismo año el Padre Caviedes falleció cuando realizaba una expedición en el Volcán Osorno y sus restos fueron localizados en 1982. Sobre su misión al lugar del accidente el Padre Caviedes manifestó al periodista Oscar Vega, autor del libro «San Fernando, Chile ¡Urgente!» publicado en 1973: «Yo solicité ir a esa dolorosa misión porque amo la montaña y me conmueven hondamente los que caen abatidos en ella».
Luego, en abril de 1973, dos periodistas argentinos de la Revista Gente llegaron al lugar, ellos fueron Alfredo Serra y el fotógrafo Eduardo Frías.
Condujeron desde Buenos Aires a Mendoza, donde compraron un ramo de gladiolos y tomaron dirección al Sur por la Ruta 40. Luego de conducir 290 km, llegaron a un pequeño poblado, llamado El Sosneado, donde se encuentra una estación de servicio. Desde este punto tomaron una ruta de ripio en muy malas condiciones que es la Ruta 220 que se dirige en paralelo al Río Atuel hacia el norte en dirección a la mina de azufre Sominar.
Luego de recorrer 60 km., se pasa frente a las ruinas de un viejo hotel termal de piedra ubicado sobre el Valle del Atuel. El punto de partida de su expedición a los Andes fue exactamente el mismo que hoy en día se utiliza para las expediciones con los guías de trekking, que es el puesto de los arrieros de la Familia Araya.
Desde allí emprendieron el trayecto a caballo, soportando temperaturas de 21° bajo cero. Al llegar a la zona del accidente fotografiaron los restos del fuselaje ya quemado y encontraron también algunos de los elementos pertenecientes a los sobrevivientes, como ropa y documentos. A manera de acto recordatorio colocaron la ofrenda floral en la tumba de la montaña y en la edición del mes de abril de 1973 se publicó una edición especial con el viaje hacia el Valle de las Lágrimas.
Por muchos años no se volvió a concurrir al sitio y fue Fernando Parrado en la década del 80, cuando comenzó con los viajes hacia el sitio del accidente, los cuales se realizaban a caballo y también desde el lado argentino.
Es importante resaltar lo siguiente, acorde palabras de Nando Parrado, el plan de caminar hacia Chile funcionó. O sea, que ellos caminaron hacia el lugar que quedaba más lejos desde el punto donde se encontraban del accidente, pero el único obstáculo que tuvieron antes de poder alcanzar al arriero Sergio Catalán fue un arroyo y no lo pudieron cruzar ni ellos ni el arriero a caballo.
Si hubiesen tomado para el lado argentino, más cercano, tendrían que haberse enfrentado a cuatro grandes cauces de agua, el Río Lágrimas, el Barroso, el Rosado y el Atuel. Teniendo en cuenta que en la época del año en que ellos comenzaron la caminata era diciembre donde ya comenzaba a ver episodios de deshielo, los cauces de estos ríos se tornan muy violentos, muy furiosos, por lo cual no hubiesen llegado a la zona del Valle del Río Atuel donde habitan los arrieros y sus familias durante el verano.
Esto también forma parte del milagro hacia Chile. El plan funcionó.

















